Por: Marco Aurelio Martínez Corredor
“El agua fiesta dentro de la sociedad es un personaje
Desagradable, también el agua fiesta lo es en el aprendizaje,
¿qué es el agua fiesta? es la pregunta, ella es la que exige la
Argumentación, la demostración, y la sustentación.
La pregunta es el fuego que derrite los pies de barro
De los ídolos, es el zancudito cansón que no deja dormir
A los dioses, es la desterrada de todas la
Religiones y es el juguete preferido de los niños y
De todos aquellos adultos que no se han podido liberar
Del espíritu de la niñez.” MAM
La modernidad tiene que ver con una concepción novedosa de interpretar el mundo, novedosa porque se opone a lo arcaico, a las expresiones meramente instintivas, a ese mundo donde el hombre estaba desarmado para comprenderlo y diferenciarse de él, es decir, la modernidad surge en la lucha contra lo medieval, existiendo una serie de mojones que identifican su proceso de desarrollo y elaboración. El Renacimiento, el despegue científico-técnico expresado en la construcción de un pensamiento científico y de la Revolución Industrial; el desarrollo de las ideas políticas-jurídicas manifestadas en las Revoluciones Burguesas, la Ilustración, etc, etc.
Dentro de esta perspectiva, es que se desarrolla el debate que se ha entablado alrededor de la ciencia, ¿Qué es la ciencia?, ¿Cuáles son sus funciones?, sus métodos, al servicio de quien está, el papel que juega en el progreso o destrucción de la humanidad, “aunque para algunos el progreso sea únicamente válido para el pensamiento puro y no para la humanidad. Las matemáticas de Einstein son evidentemente superiores a las de Arquímedes” (Ernesto Sábato 1999).
Este debate produce un movimiento pendular en donde en un extremo se encuentran los que exclaman:
“Hemos fracasado
Sobre los bancos de arena del racionalismo
Demos un paso atrás y volvamos a tocar
La roca abrupta del misterio”
Urs Von Baltasar
Donde la ciencia no es vista como la tea que ilumina el progreso de la humanidad, como lo proclama a los cuatro vientos el Racionalismo, sino que son unos imanes que atraen al hombre con una fuerza incontenible hacia el abismo del caos y la destrucción. Aquí se ubican los relativistas “que proclaman que la verdad o falsedad de una afirmación es relativa a un individuo o a un grupo social”; el solipsismo “que no reconoce como cierto nada más que el acto de pensar del propio sujeto, todo lo demás es incognoscible o incierto”; el Escepticismo “que pone en duda la posibilidad de un pensamiento verdadero”.
En el otro extremo se ubica la tecno ciencia (tecnología + ciencia + capitalismo avanzado= hegemonía de las multinacionales), donde la ciencia y la técnica están al servicio del gran capital, donde la frontera entre lo humano y lo inhumano se borraron, predominando la ética del beneficio, lucro y ganancia de las multinacionales (Lyotar 1988).
En contra posición a estos dos movimientos extremos, se presenta una posición centrada, equilibrada, comprometida con la “construcción del pensamiento científico”, que ve a la ciencia como una “luz en la oscuridad” (Car Sagan 1995) y que hizo exclamar a Alber Einstein: “toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil… y sin embargo es lo más preciado que tenemos”.
Ahora bien, ¿cómo definir la ciencia?, con la concepción Aristotélica, que la relaciona con la comprobación y la demostración, es decir, el proceso por medio del cual se trata de demostrar, a uno mismo o a otra persona, que esa demostración es lógica y razonable; o con el concepto Kantiano que expresa que la ciencia es un sistema o totalidad de conocimientos ordenados según principios, es un proceso de sistematización. O con Albert Einstein que dice que la ciencia consiste en crear teorías que enlaza y da sentido a un grupo de datos (Miguel Martínez 1999).
O la definición de ciencia de Alan Sokal (2010) que dice: “con ciencia me refiero, en primer lugar, a una visión del mundo que da primacía a la razón y a la observación y a una metodología orientada a alcanzar un conocimiento preciso del mundo natural y social. Esta metodología se caracteriza, sobre todo, por el espíritu crítico: se compromete a verificar constantemente los enunciados mediante observación o experimentos-cuanto más rigurosa sea las pruebas de control, mejor-, y revisar o desechar las teorías que no superen las pruebas. Un corolario del espíritu crítico es la falibilidad: la asunción de que nuestro conocimiento empírico es provisorio e incompleto, y que está abierto a revisiones y datos nuevos o argumentos más convincentes lo exigen (aunque, por supuesto, es improbable que los aspectos mejor asentados del conocimiento científico se desechen por completo)”.
Como se puede apreciar, la modernidad va de la mano de la ciencia; la hipótesis que se sugiere es que la posmodernidad- o sin queriendo- , va acompañada o se convierte en el sostén epistemológico de la pseudociencia, sobre todo y exclusivamente la parte de la posmodernidad, que no se referencia al arte, la arquitectura, las ciencias sociales y la filosofía, sino a “una corriente intelectual caracterizada por el rechazo más o menos explícito de las tradiciones racionalistas de la Ilustración, mediante discursos teóricos desligados de cualquier comprobación empírica, y por un relativismo cognitivo y cultural que no considera la ciencia más que una “narración”, un “mito”, o una construcción social entre otras muchas”. Sokal y Bricmont (1998).
Esta corriente posmoderna, tiene dos columnas que la sustentan: el Relativismo y el Escepticismo, la una al colocar la relatividad de la verdad a un individuo o un grupo social, sin que medie un proceso de verificación y de falibilidad y la otra que pone en duda la posibilidad de construir un pensamiento verdadero, abren unas compuertas, que conducen a ambientes de legitimidad, de costumbres, pensamientos, prácticas, teorías, fenómenos, que la ciencia rechaza por considerarlos imposibles de sustentar, imposibles de demostrar.
Es necesario aclarar, que el desarrollo humano es complejo y está constituido por múltiples variables, teniendo cada una de ellas su nivel de importancia para caracterizar al ser humano, es decir, la ciencia, el arte, la política, la economía, la religión, la cultura, son componentes importantes de esa humanidad, pero, porque existe un pero, creer que la verdad de la religión basada en la fe es lo mismo que la verdad de la ciencia construida y reconstruida y que está abierta a revisiones permanentes, si los nuevos datos y argumentos lo exigen, se encuentran al mismo nivel.
Lo que se plantea es que si las diferentes esferas construyen sus propias verdades, estas verdades no se pueden equiparar, pues el nivel de construcción de verdad de la ciencia, se sustenta en la construcción del pensamiento científico, para acercarse a la verdad, y este acercamiento, requiere constantemente un trabajo empírico de observación de los hechos, recolección de información, contrastación y verificación de la observación, comprobar y demostrar, por lo que surge entonces las preguntas ¿cómo hace la astrología, la homeopatía, los “creacionismos”, el judaísmo, el cristianismo, el islam, y el hinduismo para acercarse a la verdad?, ¿están estas pseudociencias, en capacidad de construir estructuras críticas reflexivas, como lo hace la ciencia, para que sus afiliados se liberen del dogma y del acto de fe?.
Se concluye, con las palabras de Alan Sokal en su texto titulado “Más allá de las imposturas intelectuales” pág. 145, que dice: “Lo que me propongo más bien es defender lo que podríamos llamar una cosmovisión científica definida de manera general como un respeto por la evidencia y la lógica y por la incesante confrontación de teorías con el mundo real, en resumen, por la argumentación razonada frente al pensamiento condicionado por los propios deseos la superstición y la demagogia. Y mis motivaciones para tratar de defender esas ideas pasadas de moda son básicamente políticas. Yo me identifico políticamente con la izquierda, entendida en sentido amplio como la corriente política que denuncia las injusticias y desigualdades de la sociedad capitalista y que busca formas de organización social y económica más igualitarias y democráticas. Y yo estoy preocupado por unas tendencias existentes en la izquierda –particularmente en el mundo universitario- que, como mínimo, nos desvía de la tarea de formular una crítica social progresista, al llevar a personas inteligentes y comprometidas a seguir modas intelectuales muy en boga pero carentes, en último término, de contenido y que pueden de hecho arruinar las expectativas de esa crítica al fomentar filosofías subjetivistas y relativistas que, en mi opinión, son incompatibles con el objetivo de elaborar un análisis realista de la sociedad que resulte convincente para nosotros y para nuestros conciudadanos. Tengo para mí que la verdad, la razón, y la objetividad son valores dignos de ser defendidos independientemente de cuales sean las opiniones políticas de uno; pero para nosotros, las gentes de izquierda, son vitales: sin ellos, nuestra crítica pierde toda su fuerza”.


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